
AL PRESBITERIO Y FIELES CRISTIANOS DE LA IGLESIA LOCAL DE SAN CRISTOBAL
¡SALUD Y PAZ EN EL SEÑOR!
1.
Nos preparamos para celebrar la fiesta de Navidad. El tiempo del Adviento recuerda y proclama la esperanza del pueblo de Dios. En Navidad, precisamente, conmemoraremos el nacimiento del Emmanuel, “Dios-con-nosotros”, que nos vino a liberar y así introducirnos en el camino de la novedad de vida que conduce a la plenitud de la salvación (Cf. Rom 6,4). Nos corresponde vivir esta experiencia en momentos de particular tensión en nuestra región: lejos de disminuir, se ha acrecentado la crisis moral que golpea a nuestras familias y comunidades, así como la violencia, con sus funestas manifestaciones de secuestros, narcotráfico, extorsiones, sicariato, delincuencia… Por otra parte, nos enfrentamos a hechos dolorosos que hablan de inseguridad, agravados por las dificultades que los organismos competentes encuentran para atacarla y así garantizar la seguridad y la paz social de los ciudadanos.
2.
Al igual que los israelitas durante el Exilio se preguntaban en la boca del salmista “¿Cómo cantar un cántico a Sión en tierra extranjera?“ (Salmo 137,4), hoy los discípulos de Jesús nos preguntamos: ¿Cómo celebrar y proclamar la esperanza y la salvación de Jesús en una situación que es ajena a las personas de buena voluntad?
CONSUELEN A MI PUEBLO. (Is. 40,1)
3.
Frente a esta difícil situación, a todos los creyentes y personas de buena voluntad se nos presentan varias tentaciones: la del conformismo al decir que hemos de acostumbrarnos a convivir con ella; la de quejarnos (y muchas veces con razón) quedándonos en la frustración, pero echándole la culpa a otros; el aguardar que sean otros quienes vengan a solucionarnos nuestros problemas y la impotencia, esa sensación de no poder hacer nada porque nos sentimos desbordados. Dejarse vencer por estas tentaciones conduce a actitudes de angustia, desencanto, indiferencia y miedo.
4.
También nosotros, miembros de la Iglesia local de San Cristóbal –sacerdotes, religiosas, laicos- somos tentados por el conformismo, la indiferencia, la impotencia y el miedo. La invitación de Dios, en boca del profeta, ¡Consuelen a mi pueblo!, nos desafía a vivir de otra manera, a convertirnos en portadores de esperanza y participar activamente en la tarea de acompañar al pueblo.
5.
Consolar no es invitar a la resignación como si no se pudiera hacer nada. Hundirse en la impotencia es olvidar el mensaje de la carta a los Hebreos que subraya que Cristo vino a liberar a todos los que por miedo a la muerte pasaban la vida como esclavos (2,15). Consolar significa acompañar al pueblo, compartir sus gozos y esperanzas, sus angustias y dificultades (Cf. G.S. 1), dar aliento y contagiar fortaleza. Ello forma parte de la misión evangelizadora de la comunidad cristiana y la podemos realizar pues contamos con la gracia del Espíritu de Dios, también reconocido como el Consolador. Además la Iglesia lo hace porque actúa en nombre de Jesús. Para ello, como luz de las naciones, la misma Iglesia está llamada a caminar en medio de su pueblo y en plena comunión con él.
6.
La realización de la MISION DIOCESANA DE EVANGELIZACION (Misión Continental en nuestra Diócesis) nos ha permitido llegar a una incontable cantidad de hogares. Así, hemos podido llevar el “consuelo” a través de la Palabra a muchas personas, a las que les hemos recordado que son discípulos de Jesús e hijos del Padre Dios. En medio de las dificultades que sufrimos como pueblo, la experiencia misionera vivida nos permite e impulsa a presentarnos como “consoladores” para todos aquellos que necesitan fuerza pues han sido golpeados por la violencia e injusticia, sea porque sienten la angustia del desamparo, sea porque tienen el corazón desgarrado y herido. Es el Espíritu de Dios quien nos anima a ello. Así, nuestra Iglesia Diocesana, con su sabor a pueblo, está brindando su servicio y testimonio para que se haga realidad lo anunciado por el profeta: que Jesús vino a dar la vista a los ciegos, la liberación a los oprimidos y anunciar el Evangelio a los pobres (Lc 4,14-22).
CONSTRUCTORES DE LA PAZ.
7.
El Adviento, a la vez, nos prepara para la gran fiesta del Príncipe de la Paz. Los aguinaldos y villancicos que solemos cantar en estos días suelen hacer referencia a la paz que trajo el Mesías Redentor. El día de su nacimiento, en el portal de Belén y ante la admiración de los pastores, los ángeles cantaron “Gloria a Dios en las alturas y paz a los hombres de buena voluntad”. San Pablo nos presenta a Jesucristo como “nuestra Paz” (Ef 2,14). En el lenguaje bíblico, el término “paz” no se reduce a la eliminación de la guerra y a la concordia entre las naciones, sino sobre todo a la plena comunión entre los seres humanos, fruto del amor de Dios que nos regala por la salvación y la liberación.
8.
Lamentablemente, por el egoísmo, la soberbia y la prepotencia de muchos, la paz se pone en peligro y hasta se llega a romper. Vemos con seria preocupación como todavía hay guerras cruentas en no pocos países; como el terrorismo se sigue haciendo presente, a veces amparado en fundamentalismos religiosos; como los que se consideran grandes, porque tienen ejércitos aparentemente indestructibles, aparecen desafiantes y con inmensas ansias de dominación. Al mismo tiempo se repiten amenazas de guerra, como si con ella se pudiera jugar y no se detiene la carrera armamentista ni las pretensiones hegemónicas que atentan contra la soberanía a las naciones. El fenómeno se agrava por la acción de grupos armados, bandas delincuenciales y carteles del narcotráfico que propugnan un comercio de muerte. La única favorecida por la concurrencia de estos factores es la injusticia estructural que aumenta la brecha entre los que más tienen y los que menos poseen alejando las posibilidades de unas relaciones solidarias en la sociedad que atienda a todos con especial interés en los más indefensos.
9.
¿Cómo hablar de paz en un mundo así? Entonces vuelve a surgir ante los discípulos de Jesús la propuesta radical que Él hace en el Evangelio. Si Él es nuestra Paz, nosotros también somos de la Paz. Si queremos ser fieles hijos de Dios y alcanzar el Reino de salvación, hemos de ser “constructores de la paz” (Cf. Mt 5, 9) Más aún, un cristiano auténtico ni juega a la guerra ni prescinde de la paz. Más bien, tanto personal como comunitariamente, edifica la paz. Para ello, sin miedo alguno sale al encuentro de los demás para tender puentes, reconocer la imagen de Dios en cada ser humano, desarrollar la comunión fraterna, eliminar todo muro de división que pueda existir (Cf. Efe 2,14) y sembrar esperanza. Así demostrará que es el hombre nuevo, la mujer nueva, capaz de actuar en nombre de Jesús. Esa es nuestra tarea: promover la paz, no la guerra.
10.
Pero, a la vez, edificar la paz conlleva otra tarea: promover la concordia y la fraternidad. Estas se ponen en peligro por el materialismo, el hedonismo y el relativismo ético que pretenden imponerse en nuestra sociedad. Cuando vemos la presencia constante de múltiples formas de violencia intrafamiliar, el desprecio por la dignidad de los niños, hombres y mujeres, o se negocia con el cuerpo humano y se ve como algo normal la prostitución y el tráfico de niños y de órganos; cuando vemos que en nombre de un falso concepto de libertad los medios televisivos promueven la violencia y la inmoralidad; cuando vemos como la polarización conduce al resquebrajamiento de la sociedad y se hace de la intolerancia el modo habitual de relacionarnos con quien es distinto o se expresa en modo diverso, entonces, sentimos que la paz social se pone en peligro y se requiere, con urgencia, que intensifiquemos nuestro trabajo de construir la paz. Esta es una exigencia irrenunciable para la evangelización de la Iglesia hoy, en el Táchira y en Venezuela.
¡DEJENSE RECONCILIAR CON DIOS!
11.
En Navidad, celebraremos el nacimiento del Dios humanado que no vino a condenar sino a salvar a la humanidad (Jn 3,17). La presencia de Dios en la historia no es un hecho avasallante, sino más bien la manifestación de su misericordia de generación en generación. Jesús, quien nació pobre, nos ha dado la mayor riqueza que se pueda conseguir: su persona ofrecida al Padre para reconciliarnos con Él. Se puso al lado de los débiles y oprimidos para elevarlos en dignidad, tampoco rehuyó de los pecadores a quienes acogió y abrió el horizonte del perdón. Se presentó como el servidor de todos y, al dar el ejemplo lavando los pies de sus discípulos, nos pidió que hiciéramos lo mismo (Jn 13,1-20). En la cueva de Belén, pobre y humilde, se manifestó la luz esplendorosa de quien había llegado para realizar la nueva creación con la que se transformaba a toda la humanidad.
12.
Como discípulos misioneros de Jesús, hemos recibido de Él el encargo de la reconciliación (Cf. 2Cor 5,18). Para ello “somos embajadores de Cristo y como si Dios hablase por nosotros” (v.20). Esto requiere apertura de corazón (2Cor 6,13) y poseer los mismos sentimientos de Cristo (Flp 2.5). Los miembros de la Iglesia, sin excepción, estamos llamados a convocar a todos a la edificación de la paz, la superación de las dificultades y eliminación de todo muro que nos divida, sencillamente para hacer más viable una sociedad de mayor fraternidad, solidaridad, justicia y paz. Aunque pueda parecer imposible no resulta difícil si lo hacemos desde nuestra fe, esperanza y amor y si actuamos en el nombre de Jesús. Al hacerlo, estaremos manifestándonos como testigos y profetas del Señor. Entonces, no sólo podremos, sino que deberemos clamar a quienes se han desviado del camino justo: Por Cristo les suplicamos, déjense reconciliar con Dios (2Cor 5,20).
13.
En lugar de refugiarnos en posturas que se alejan del compromiso por la justicia, nos corresponde la tarea de anunciar la luz y denunciar la oscuridad, ofreciendo propuestas a quienes han perdido el temor de Dios. La primera propuesta hace referencia a nosotros mismos: como creyentes, nuestra fidelidad al designio salvador de Dios exige un mayor compromiso por la justicia, la paz y la comunión, desde nuestras familias, comunidades e instituciones donde hacemos vida. No podemos dar ni exigir lo que no vivimos. Desde el día del nacimiento en Belén hasta el de su Resurrección, Jesús hizo un camino y nos pidió que fuéramos luz del mundo y sal de la tierra (Cf. Mt 5,13-14). Se requiere que los hombres y mujeres de la Iglesia local de San Cristóbal “sean de verdad íntegros e intachables hijos de Dios, sin mancha en medio de una generación perversa y depravada, ante la cual brillan como faros en el mundo, mostrando el mensaje de la vida” (Flp 2,15-16).
14.
Una segunda propuesta, urgente e inaplazable, es emprender la renovación moral de nuestra sociedad, que debe, a la vez, ser un componente necesario de la misión evangelizadora que hemos recibido del Señor. Así, estaremos contribuyendo seriamente a la implantación de un cielo nuevo y una nueva tierra en los que habitará la justicia (2Pe 3,14).
15.
Nuevamente invitamos a los que se dedican a las malas artes y al comercio de muerte –narcotraficantes, secuestradores, extorsionadores, sicarios, delincuentes, violentos de todo tipo- a que se conviertan y regresen al temor de Dios. De igual manera, a quienes se dedican al tráfico de niños y mujeres, al tráfico de órganos, a quienes promueven la pornografía y la prostitución o el derrape moral, a que se conviertan y regresen al temor de Dios. Asimismo a quienes creen que con la violencia van a conseguir dominar la sociedad, o a los que se valen de las armas para crear zozobra, a que se conviertan y regresen al temor de Dios.
16.
De igual modo pedimos a las autoridades, -civiles, militares y policiales- que intensifiquen esfuerzos en cumplir con su obligación de garantizar la seguridad ciudadana y promover la auténtica paz social. A todos los dirigentes políticos, cualquiera que sea su opción, les urgimos a dar pasos ciertos a fin de superar la polarización que separa y den al pueblo ejemplo de diálogo respetuoso y de propiciadores del encuentro para construir la sociedad que requerimos. Y, finalmente, nos convocamos todos para que hagamos realidad, sin intereses individualistas, una auténtica opción por los pobres y excluidos de la sociedad.
CON MARIA Y JOSÉ…
17.
José, hombre del pueblo, creyente con su esperanza puesta en Dios, supo descubrir la acción de Dios en María, su prometida. Su amor genuino lo llevó a aceptar la llamada y contribuir a la aparición en la historia humana del Hijo de David, el Mesías portador y cumplimiento de la promesa de liberación.
18.
La figura de María ilumina, con su esperanza de madre, este tiempo de Adviento y Navidad. En el Táchira, la reconocemos como Señora de la Consolación; es decir, como la mujer fuerte que da fortaleza a su pueblo. Ella nos acompaña con su intercesión y aparece como estrella de la acción evangelizadora. A la vez, se nos presenta como Maestra de discípulos: el Dios Salvador se fijó en su pequeñez para realizar grandes prodigios. Asimismo nos enseña que el Señor termina por desbaratar los planes de los soberbios, por derribar del trono a los poderosos y despedir vacíos a los ricos, para elevar a los pobres y pequeños y colmar de bienes a los hambrientos (Cf. Lc 2,46ss). Con María, Madre y modelo de esperanza, podremos celebrar el Adviento y la Navidad en tiempos difíciles en los que reafirmamos nuestro compromiso por la paz y la justicia.
Que el Dios de la Vida nos dé su gracia y su sabiduría.
Con una cariñosa bendición,
+ Mons. Mario Moronta, Obispo de San Cristóbal.
San Cristóbal, 22 de noviembre del año 2009.